Pidamos por una poderosa efusión del Espíritu Santo.
Cristo murió en la Cruz para que nosotros seamos transformados por el Espíritu en hijos de Dios, participando de su santidad. Pero debemos desearlo, pedirlo y disponernos a recibirlo.
Rezar cada día de la novena:
Acto de consagración al Espíritu Santo diario:
Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza, y todo el amor de mi Corazón.
Me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús.
Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.
Oración por los 7 dones del Espíritu Santo
Oh, Señor Jesucristo, que antes de ascender al cielo prometiste enviar al Espíritu Santo para completar tu obra en las almas de tus Apóstoles y discípulos, dígnate concederme el mismo Espíritu Santo para que Él perfeccione en mi alma la obra de tu gracia y de tu amor. Concédeme el Espíritu de Sabiduría para que pueda despreciar las cosas perecederas de este mundo y aspirar sólo a las cosas que son eternas, el Espíritu de Entendimiento para iluminar mi mente con la luz de tu divina verdad, el Espíritu de Consejo para que pueda siempre elegir el camino más seguro para agradar a Dios y ganar el Cielo, el Espíritu de Fortaleza para que pueda llevar mi cruz contigo y sobrellevar con coraje todos los obstáculos que se opongan a mi salvación, el Espíritu de Conocimiento para que pueda conocer a Dios y conocerme a mí mismo y crecer en la perfección de la ciencia de los santos, el Espíritu de Piedad para que pueda encontrar el servicio a Dios dulce y amable, y el Espíritu deTemor de Dios para que pueda ser lleno de reverencia amorosa hacia Dios y que tema en cualquier modo disgustarlo. Márcame, amado Señor, con la señal de tus verdaderos discípulos y anímame en todas las cosas con tu Espíritu. Amén.
PRIMER DÍA (viernes)
¡Espíritu Santo! ¡Señor de Luz! ¡Danos, desde tu clara altura celestial, tu puro radiante esplendor!
El Espíritu Santo
Sólo una cosa es importante: la salvación eterna. Por lo tanto, sólo una cosa hay que temer: el pecado. El pecado es el resultado de la ignorancia, debilidad e indiferencia. El Espíritu Santo es el Espíritu de Luz, de Fuerza y de Amor. Con sus siete dones ilumina la mente, fortalece la voluntad, e inflama el corazón con el amor de Dios. Para asegurarnos la salvación debemos invocar al Divino Espíritu diariamente, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros” (Rom 8,26).
Oración
Omnipotente y eterno Dios, que has condescendido para regenerarnos con el agua y el Espíritu Santo, y nos has dado el perdón de todos los pecados, permite enviar del cielo sobre nosotros los siete dones de tu Espíritu, el Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de Conocimiento y de Piedad, y llénanos con el Espíritu del Santo Temor. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
SEGUNDO DÍA (Sábado)
¡Ven, Padre de los pobres. Ven, tesoros que sostienes. Ven, Luz de todo lo que vive!
El don del Temor
El don del Santo Temor de Dios nos llena con un soberano respeto por Dios, y nos hace que a nada temamos más que a ofenderlo por el pecado. Es un temor que se eleva, no desde el pensamiento del infierno, sino del sentimiento de reverencia y filial sumisión a nuestro Padre Celestial. Es el temor principio de sabiduría, que nos aparta de los placeres mundanos que podrían de algún modo separarnos de Dios. “Los que temen al Señor tienen corazón dispuesto, y en su presencia se humillan” (Ecl 2,17).
Oración
¡Ven, Oh bendito Espíritu de Santo Temor, penetra en lo más íntimo de mi corazón, que te tenga, mi Señor y Dios, ante mi rostro para siempre, ayúdame a huir de todas las cosas que te puedan ofender y hazme merecedor ante los ojos puros de tu Divina Majestad en el Cielo, donde Tú vives y reinas en unidad de la siempre Bendita Trinidad, Dios en el mundo que no tiene fin. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
TERCER DÍA (Domingo)
Tú, de todos los consoladores el mejor, visitando el corazón turbado, da la gracia de la placentera paz.
El don de Piedad
El don de Piedad suscita en nuestros corazones una filial afección por Dios como nuestro amorosísimo Padre. Nos inspira, por amor a Él, a amar y respetar a las personas y cosas a Él consagradas, así como aquellos que están envestidos con su autoridad, su Santísima Madre y los Santos, la Iglesia y su cabeza visible, nuestros padres y superiores, nuestro país y sus gobernantes. Quien está lleno del don de Piedad no encuentra la práctica de la religión como deber pesado sino como deleitante servicio. Donde hay amor no hay trabajo.
Oración
Ven, Oh Bendito Espíritu de Piedad, toma posesión de mi corazón. Enciende dentro mío tal amor por Dios que encuentre satisfacción sólo en su servicio, y por amor a Él me someta amorosamente a toda legítima autoridad. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
CUARTO DÍA (Lunes)
Tú, en la fatiga dulce alivio, refresco placentero en el calor, solaz en medio de la miseria.
El don de Fortaleza
Por el don de Fortaleza el alma se fortalece ante el miedo natural y soporta hasta el final el desempeño de una obligación. La fortaleza le imparte a la voluntad un impulso y energía que la mueve a llevar a cabo, sin dudarlo, las tareas más arduas, a enfrentar los peligros, a estar por encima del respeto humano, y a soportar sin quejarse el lento martirio de la tribulación aún de toda una vida. “El que persevere hasta el fin, ese se salvará”(Mt 24,13).
Oración
Ven, Oh Espíritu de Fortaleza, alza mi alma en tiempo de turbación y adversidad, sostiene mis esfuerzos de santidad, fortalece mi debilidad, dame valor contra todos los asaltos de mis enemigos, que nunca sea yo confundido y me separe de Ti, Oh mi Dios y mi máximo Bien. Amén
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
QUINTO DÍA (Martes)
¡Luz inmortal! ¡Divina Luz! ¡Visita estos corazones tuyos y llena nuestro más íntimo ser!
El don del Conocimiento
El don del Conocimiento permite al alma darle a las cosas creadas su verdadero valor en su relación con Dios. El conocimiento desenmascara la simulación de las creaturas, revela su vacuidad y hace notar sus verdaderos propósitos como instrumentos al servicio de Dios. Nos muestra el cuidado amoroso de Dios aún en la adversidad, y nos lleva a glorificarlo en cada circunstancia de la vida. Guiados por su luz damos prioridad a las cosas que deben tenerla y apreciamos la amistad de Dios por encima de todo. “El conocimiento es fuente de vida para aquel que lo posee” (Prov 16,22).
Oración
Ven, Oh Bendito Espíritu de Conocimiento, y concédeme que pueda percibir la voluntad del Padre; muéstrame la nulidad de las cosas de la tierra, que tenga idea de su vanidad y las use sólo para tu gloria y mi propia salvación, siempre por encima de ellas mirándote a Ti y tus premios eternos. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
SEXTO DÍA (Miercoles)
Si tu apartas tu gracia, nada puro permanecerá en el hombre, todo lo que es bueno se volverá enfermo.
El don del Entendimiento
El Entendimiento, como don del Santo Espíritu, nos ayuda a aferrar el significado de las verdades de nuestra santa religión. Por la fe las conocemos, pero por el entendimiento aprendemos a apreciarlas y a apetecerlas. Nos permite penetrar el profundo significado de las verdades reveladas y, a través de ellas, avivar la novedad de la vida. Nuestra fe deja de ser estéril e inactiva e inspira un modo de vida que da elocuente testimonio de la fe que hay en nosotros. Comenzamos a “caminar dignos de Dios en todas las cosas complaciendo y creciendo en el conocimiento de Dios”.
Oración
Ven, Oh Espíritu de Entendimiento, e ilumina nuestras mentes, que podamos conocer y creer en todos los misterios de la salvación, y que por fin podamos merecer ver la eterna luz en la Luz, y en la luz de la gloria tener una clara visión de Ti y del Padre y del Hijo. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
SÉPTIMO DÍA (Jueves)
Sana nuestras heridas, renueva nuestra fuerza. En nuestra aridez derrama tu rocío. Lava las manchas de la culpa.
El don de Consejo
El don de Consejo dota al alma de prudencia sobrenatural, permitiéndole juzgar con prontitud y correctamente qué debe hacer, especialmente en circunstancias difíciles. El Consejo aplica los principios dados por el Conocimiento y el Entendimiento a los innumerables casos concretos que confrontamos en el curso de nuestras diarias obligaciones en tanto padres, docentes, servidores públicos y ciudadanos cristianos. El Consejo es sentido común sobrenatural, un tesoro invalorable en el tema de la salvación. “Y por encima de todo esto, suplica al Altísimo para que enderece tu camino en la verdad” (Ecl 37,15).
Oración
Ven, Oh Espíritu de Consejo, ayúdame y guíame en todos mis caminos para que siempre haga tu Santa Voluntad. Inclina mi corazón a aquello que es bueno, apártame de todo lo que es malo y dirígeme por el sendero recto de tus Mandamientos a la meta de la vida eterna que yo anhelo. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
OCTAVO DÍA (Viernes)
Dobla la voluntad y el corazón obstinado, funde lo que está helado, calienta lo que está frío. Guía los pasos que se han desviado!
El don de Sabiduría
Abarcando a todos los otros dones, como la caridad abraza a todas las otras virtudes, la Sabiduría es el más perfecto de los dones. De la Sabiduría está escrito: “todo lo bueno vino a mí con Ella, y riquezas innumerables me llegaron a través de sus manos”. Es el don de la Sabiduría el que fortalece nuestra fe, fortifica la esperanza, perfecciona la caridad y promueve la práctica de la virtud en el más alto grado. La Sabiduría ilumina la mente para discernir y apreciar las cosas de Dios, ante las cuales los gozos de la tierra pierden su sabor, mientras la Cruz de Cristo produce una divina dulzura, de acuerdo a las palabras del Salvador: “Toma tu cruz y sígueme, porque mi yugo es dulce y mi carga ligera”.
Oración
Ven, Oh Espíritu de Sabiduría y revela a mi alma los misterios de las cosas celestiales, su enorme grandeza, poder y belleza. Enséñame a amarlas sobre todo y por encima de todos los gozos pasajeros y las satisfacciones de la tierra. Ayúdame a conseguirlas y a poseerlas para siempre. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
NOVENO DÍA (Sábado)
Tú, en aquellos que siempre más te confiesan y te adoran, en tus siete dones, desciende. Dales alivio en la muerte. Dales vida Contigo en las alturas. Dale los gozos que no tienen fin. Amén.
Los frutos del Espíritu Santo
Los dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes sobrenaturales al permitirnos practicarlas con mayor docilidad a la divina inspiración. A medida que crecemos en el conocimiento y en el amor de Dios, bajo la dirección del Santo Espíritu, nuestro servicio se torna más sincero y generoso y la práctica de las virtudes más perfecta. Tales actos de virtudes dejan el corazón lleno de alegría y consolación y son conocidos como frutos del Espíritu Santo. Estos frutos, a su vez, hacen la práctica de las virtudes más activa y se vuelven un poderoso incentivo para esfuerzos aún mayores en el servicio de Dios.
Oración
Ven, Oh Divino Espíritu, llena mi corazón con tus frutos celestiales: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Que nunca esté yo cansado en el servicio de Dios sino que, por continua y fiel sumisión a tu inspiración, merezca estar eternamente unido Contigo, en el amor del Padre y del Hijo. Amén.
Padrenuestro y Avemaría, una vez. Gloria
ORACION POR LOS SIENTE DONES DEL ESPÍRITU
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Oh, Dios, que con la luz del Espíritu Santo iluminas los corazones de tus fieles, concédenos que guiados por el mismo Espíritu, disfrutemos de lo que es recto y nos gocemos con su consuelo celestial.Oración. Oh Dios, que has unido las naciones en la confesión de tu nombre, concédenos que los que han renacido por el agua del bautismo, tengan la misma fe en sus corazones y la misma piedad en sus acciones.1
Ven, Espíritu Santo, por tu don Sabiduría, concédenos la gracia de apreciar y estimar los bienes del cielo y muéstranos los medios para alcanzarlos. Gloria2
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Entendimiento, ilumina nuestras mentes respecto a los misterios de la salvación, para que podamos comprenderlos perfectamente y abrazarlos con fervor. Gloria3
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Consejo, inclina nuestros corazones a actuar con rectitud y justicia para beneficio de nosotros mismos y de nuestros semejantes. Gloria4
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Fortaleza, fortalécenos con tu gracia contra los enemigos de nuestra alma, para que podamos obtener la corona de la victoria. Gloria5
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Ciencia, enséñanos a vivir entre las cosas terrenos para así no perder las eternas. Gloria6
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Piedad, inspíranos a vivir sobria, justa, y piadosamente en esta vida, para alcanzar el cielo en la otra vida. Gloria.7
Ven, Espíritu Santo, por tu don de Temor de Dios, hiere nuestros cuerpos con tu temor para así trabajar por la salvación de nuestras almas. Gloria
Oh Dios, que enviaste el Espíritu Santo a los apóstoles, oye las oraciones de tus fieles para que gocen de la verdadera paz, quienes por tu gracia, han recibido el don de la verdadera fe. Te suplicamos, oh Dios, que tu Santo Espíritu encienda en nuestros corazones esa llama que Cristo trajo a la tierra y deseó ardientemente fuera encendida.
Inflama, oh Señor, nuestros corazones con el fuego del Espíritu Santo, para que te sirvamos castos de cuerpo y limpios de corazón. Enriquece, Señor, nuestros corazones derramando con plenitud tu Santo Espíritu por cuya sabiduría fuimos creados y por cuya providencia somos gobernados.
Te suplicamos, oh Dios Todopoderoso y Eterno, que tu Santo Espíritu nos defienda y habite en nuestras almas, para que al fin, seamos los templos de su gloria.
Te pedimos, Señor, que según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.
¡Ven Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía Señor tu Espíritu y se renovará la faz de la tierra. ¡Bendito Espíritu ilumina y transforma a la humanidad completa!
FUENTE INAGOTABLE DE LUZ
¡ILUMÍNANOS!
Sagrados Corazones Unidos del AMOR SANTO
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domingo, 1 de junio de 2014
NOVENA POR LA UNCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
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NOVENA POR LA UNCION DEL ESPIRITU SANTO
lunes, 12 de mayo de 2014
Nuestra Señora la que Desata los Nudos
"Eva, por su desobediencia, ató el nudo de la desgracia para el género humano; en cambio, María, por su obediencia, lo desató"
(San Irineo de Lyon)
Antigua y respetable devoción
Aunque poco difundida en la Iglesia universal, la devoción a Nuestra Señora la que Desata los Nudos es practicada desde hace mucho tiempo en la ciudad alemana de Augsburg.
A principios del siglo XVIII, el sacerdote responsable de la iglesia St. Peter am Perlach, situada en el centro de aquella ciudad, resolvió encomendar al pintor Johann Schmittdner un cuadro de la Santísima Virgen, de 1,10 m de ancho por 1,82 m de alto.
Se trata de un cuadro al óleo, en estilo barroco alemán, muy piadoso y de notable valor artístico. María Santísima está representada de pie, cercada de luz, con la luna bajo sus pies y con éstos aplastando la serpiente. Sobre su cabeza se ve, envuelto por una luz aún más intensa, el Divino Espíritu Santo, representado por una paloma. Del lado izquierdo de la Señora, un Ángel le presenta una cinta larga llena de nudos que la Virgen, con la mirada compenetrada, pero muy dulce y suave, va deshaciendo; del otro lado pende la cinta, ya desenvuelta, recogida por otro Ángel cuya faz está vuelta hacia los fieles, como diciendo: "Ved cómo Ella resuelve todos los problemas".En la base del cuadro, en tamaño mucho menor, se ve otro Ángel que lleva de la mano a un hombre; según algunos, sería el Arcángel San Rafael conduciendo a Tobías, conforme lo narrado en el Libro de Tobías; según otros, el hombre no es Tobías sino que representa un fiel que es conducido por su Ángel de la Guarda, bajo la mirada benigna de la Reina de los Ángeles.
Como fondo del cuadro aparecen vuelos de ángeles.
Siempre se entendió que el pintor quiso, con ese conjunto de símbolos, representar a la Santísima Virgen tal como Ella es vista por San Irineo de Lyon (+202), o sea, como desatando el gran nudo de la Historia que es el Pecado Original.
La primera idea que nos sugiere el título de Nuestra Señora la que Desata los Nudos es Ella desatando nuestros nudos, o sea, resolviendo las incontables dificultades y problemas que incomodan y perjudican nuestra vida. En este caso, el sustantivo nudos, está tomado en sentido metafórico, para significar todo cuanto nos enreda y crea dificultades.
Es correcto pensar de ese modo, porque María Santísima, nuestra Madre, efectivamente procede con nosotros como las buenas madres habitualmente proceden con sus hijos y así, nos libra de innumerables lazos y problemas.
No es ese, sin embargo, el único ni el más alto significado del título de la que Desata los Nudos.
Por más que nuestros nudos individuales, subjetivamente hablando, puedan ser importantes para nosotros, mucho más lo es el gran nudo de la Historia. Ahora bien, Nuestra Señora efectivamente desató ese gran nudo.
Devoción muy indicada para nuestros días
En esta época de crisis y caos, el hombre vive siempre sobresaltado, cercado de peligros y dificultades: en la vida personal, en la familiar, en los ambientes de trabajo, en las luchas cotidianas.
Su vida corre a velocidad rápida; más aún, vertiginosa. A todo momento surgen nuevos desafíos, nuevos riesgos y peligros. Un sentimiento parece dominar su existencia: la aflicción.
Cada vez más los hombres se sienten enredados en innumerables dificultades que lo atormentan; no consiguen "desatar los nudos" y librarse de los mismos.
Ahora bien, la acción de Nuestra Señora sobre las almas puede ser comparada, metafóricamente, a la de quien deshace un nudo.
Nuestro Señor Jesucristo, en lo alto de la Cruz, se dirigió a su Madre y señalando al Apóstol San Juan, dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Juan 19, 26). Unánimemente, los Santos, los Papas y los Padres de la Iglesia comentan que Nuestro Señor, cuando designó a San Juan como hijo de la Santísima Virgen, estaba confiriéndole la maternidad de todos los fieles representados por San Juan. De hecho, Nuestra Señora es nuestra Madre, Ella es Madre de todos y cada uno de nosotros individualmente considerados.
En todas nuestras dificultades y aflicciones, siempre sentimos su maternal protección, ayudándonos y aliviándonos como sólo saben hacerlo las madres. A veces Ella actúa de modo maravilloso y soberano, con una rapidez y eficacia impresionantes; otras veces, actúa de modo discreto y sereno, pero no con menos eficiencia.
Siempre su acción -es interesante notarlo- produce en nuestras almas el alivio que sentimos cuando conseguimos, después de un esfuerzo no pequeño, "desatar un nudo".
En todas las circunstancias de nuestra vida, siempre tendremos ocasión de experimentar la bondad misericordiosa de Nuestra Señora la que Desata los Nudos. En la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad, siempre nos será de valor esa Dama celestial que es Madre de Dios y que, en su Misericordia, el Señor quiso también que fuese nuestra Madre.
Oración
Santa María, llena de la Presencia de Dios, durante los días de tu vida aceptaste con toda humildad la voluntad del Padre, y el Maligno nunca fue capaz de enredarte con sus confusiones. Ya junto a tu Hijo intercediste por nuestras dificultades y, con toda sencillez y paciencia, nos diste ejemplo de cómo desenredar la madeja de nuestras vidas.
Y al quedarte para siempre como Madre nuestra, pones en orden y haces más claros los lazos que nos unen al Señor.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, tú que con corazón materno desatas los nudos que entorpecen nuestra vida, te pedimos que recibas en tus manos a........................................................................y que lo libres de las ataduras y confusiones con que lo hostiga el que es nuestro enemigo.
Por tu gracia, por tu intercesión, con tu ejemplo, líbranos de todo mal, Señora nuestra, y desata los nudos que impiden nos unamos a Dios, para que, libres de toda confusión y error, Lo hallemos en todas las cosas, tengamos en Él puestos nuestros corazones y podamos servirle siempre en nuestros hermanos. Amén.
domingo, 20 de abril de 2014
Tocada por el Espíritu Santo en Medjugorje
Battistina fue tocada por el Espíritu Santo en Medjugorje
Compartimos el testimonio de Battistina, una madre de familia italiana que peregrinó a Medjugorje en julio de 2012. Desde que fue allí todo cambió en su vida. El testimonio lo narra Sor Emmanuel en el último Boletín © Children of Medjugorje del día 15 de abril de 2014
«¡Fuertemente tocada por el Espíritu Santo! Battistina es una italiana de 47 años con los pies bien sobre la tierra. Es contadora y trabaja vía Internet. Cuando su pareja la invitó a ir a Medjugorje, no se mostró interesada. Pero luego una mañana, mientras conducía, escuchó una canción que Radio María difunde frecuentemente; una canción que por muchos años la irritaba cuando la oía al sintonizar su equipo. De improvisto, aquella canción la conmovió y prorrumpió en lágrimas que rodaban por sus mejillas en forma ininterrumpida, sin razón aparente alguna. Comprendió entonces que era la Virgen que la estaba llamando. Dejo que sea ella misma quien les cuente…
“Desde la peregrinación a Medjugorje en julio de 2012, todo ha cambiado en mi vida, ¡nada es como antes! Mi conversión tuvo lugar durante la Adoración del Santísimo Sacramento. Éramos miles de peregrinos, afuera, alrededor de la Rotonda. De repente, me vi de rodillas, con la impresión de que sostenía mi corazón vivo entre las manos. Vi desfilar mi vida entera ante mis ojos. Distinguía con claridad el bien y el mal, y todo lo que en un momento me había parecido apropiado se transformaba en mal. Comencé a experimentar un gran dolor con respecto a mi divorcio. ¿Cómo había podido romper una promesa hecha ante Dios? Estas palabras resonaban en mi espíritu: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. En ese momento comprendí que sólo mi cabeza había estado serena, y que mi corazón era puro hielo. Siempre me había sentido del lado de los “justos” y considerado una víctima. En ese momento vi hasta qué punto había tenido el corazón endurecido; vi el sufrimiento que habían padecido mis 4 hijos, mi padre y mis suegros y sobre todo vi que no era en absoluto una víctima. En realidad, nunca le había perdonado nada a nadie. Cuando la mayor de mis hijas a los 9 años, me había pedido con insistencia poder prepararse para tomar la Primera Comunión, le había respondido que aquello no tenía ningún sentido; en cuanto al menor de mis hijos, ¡ni siquiera había sido bautizado! Vi todos los libros sobre la New Age que había comprado a lo largo de los últimos 20 años. ¿Cómo había podido ocupar tanto tiempo leyendo y formándome en la búsqueda de mí misma, y en cosas que sólo terminaron alejándome de Dios y de mi familia?
El dolor que experimentaba no cesaba de aumentar y poco a poco fui postrándome rostro en tierra. Dije para mis adentros: “Señor, hazme morir aquí mismo porque ni siquiera soy digna de levantar la cabeza del suelo”. Experimenté entonces un inmenso abrazo de amor y me sentí embargada con una alegría que no era de este mundo. Y pensé: “Durante 18 años, creí que les había dado de todo a mis hijos, pero en realidad no les di nada; porque no les he dado “ESTO”. Entonces ¿no sería mejor permanecer aquí orando por ellos por el resto de mi vida en lugar de volver a casa? ¡Si yo, como madre, como alma de mi hogar, hubiera cultivado la oración en lugar de dedicarme a “cultivar” cosas inútiles, mis hijos tendrían en este momento una familia unida!
Cuando decidimos liberarnos de la cruz del matrimonio, en realidad la cargamos sobre los hombros de nuestros hijos.
En aquel momento sentí que debía permanecer ligada a mi promesa de fidelidad en el matrimonio y decidí hacer voto de castidad. Ofrecí esto a Dios para evitar la separación de mil familia. Mi pareja experimentó lo mismo que yo. Me dijo que deberíamos realizar una consagración total. De regreso a casa, comencé a confesarme con frecuencia. Ciertos sacerdotes, con respecto a mi elección del voto de castidad, me decían que no era necesario; otros comentaban que era pura invención nuestra, pero yo estaba muy segura y decidida de seguir adelante. ¡Esto me parecía bien poco ante la infinita misericordia que había recibido!
Mis hijos pensaban que había perdido la razón porque iba a misa y había colgado un crucifijo en la sala. Mi hija mayor estaba muy irritada por mi entusiasmo y me dijo: “Y entonces, ¿qué haces con todo lo que nos contaste durante 18 años?” “Lo siento mucho, estaba equivocada”, le respondí.
En el mes de noviembre regresé a Medjugorje con mis 4 hijos para que ellos también pudieran comprender; estaba muy esperanzada en que encontraran al Señor. Los observaba de lejos y aguardaba, pensando: “Si yo que soy su madre, con el poco amor que soy capaz de darles, estoy tan feliz al ver orar a mis hijos, ¡cuánto más feliz estará nuestra Madre del Cielo! ¡Cuánto sufrirá por tantos hijos suyos que se pierden!”
Durante aquella peregrinación mis cuatro hijos fueron tocados en el corazón. Estudiamos juntos el catecismo. Nueves meses más tarde, el menor de ellos, que tenía 10 años fue bautizado y todos recibieron la Primera Comunión en la misma celebración. ¡Aquel día fue el día más feliz de mi vida! Era como si los viera renacer todos juntos al mismo tiempo. Mi compañero y yo permanecimos juntos, viviendo como hermanos durante un año. Pero cada día oraba pidiéndole a Dios conocer su voluntad: ¿debíamos permanecer cercanos sosteniéndonos mutuamente o debíamos separarnos completamente? Por largo tiempo conservé esta duda en mi corazón, pero poco a poco el Señor obró y motivos laborales nos alejaron uno del otro.
Después de mi conversión, retomé el contacto con mi ex-marido. Durante nueve años, cada una de nuestras conversaciones telefónicas habían finalizado con gritos de ambos lados; tanto es así que por un año dejamos de hablarnos y tan sólo se comunicaba conmigo a través de nuestros hijos. Cuando reconocí mis faltas, consideré sus errores como consecuencia de los míos y el rencor se desvaneció. ¡Era yo quien debía pedirle perdón! Poco a poco comencé a experimentar aquel lazo profundo del matrimonio, sellado por Dios, y me sentí nuevamente esposa. Pero no comprendía. Le pregunté a un sacerdote si estaba bien que me sintiera esposa, aún cuando mi esposo estaba ligado a otra persona y había tenido un hijo con ella. El sacerdote me respondió que el sacramento del matrimonio es indisoluble ante Dios.
Hoy en día, este amor que yo creía borrado, o incluso que nunca había existido, lo he recuperado intacto en las profundidades de mi corazón. Lo conservo en su pureza y oro a diario por la conversión de mi ex-marido y por todas las familias. Agradezco a Jesús y a María por la gracia infinita que mi familia recibe a diario y continúo avanzando en el camino de mi conversión”.
Battistina ha vivido en forma concentrada, y una después de la otra, las etapas que frecuentemente se producen en los peregrinos de Medjugorje: invitada por la Virgen sin conocer el motivo, acude a este bendito lugar, y por una gracia especial, ve toda su vida bajo la luz del Espíritu Santo. Comprende con el corazón la misericordia de Dios hacia su persona, lamenta sus pecados (que no veía antes) y los llora, renuncia a ellos y los confiesa. Percibe que está radicalmente transformada y realiza actos para cambiar su vida según lo que le parece que le gusta a Dios, con la ayuda de un buen sacerdote fiel al Magisterio de la Iglesia. ¡Qué buen ejemplo! Muchos se quedan con las gracias recibidas, pero es bueno emprender actos concretos al regresar a casa. Este testimonio nos ayuda a entrar de lleno con Jesús en este tiempo de misericordia que se nos ofrece hoy en día como nunca antes».
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viernes, 21 de marzo de 2014
Abre mi corazón Señor...
Para pedir arrepentimiento
Autor:
Dios omnipotente y misericordioso,
abre mis ojos para que descubra el mal que he hecho;
toca mi corazón, para que,
con sinceridad, me convierta a ti.
Restaura en mí tu amor,
para que resplandezca en mi vida la imagen de tu Hijo
2
Padre misericordioso y consolador,
Tú, que dijiste: «Yo quiero la conversión del pecador
y no su muerte»,
ayúdame a escuchar tu palabra,
confesar mis pecados,
darte gracias por el perdón que me otorgas.
Ayúdame a comportarme con sinceridad
en el camino del amor,
y a crecer en Cristo a través de todos los acontecimientos.
3
Señor Jesús,
cuando Pedro negó tres veces
tú lo miraste con amor misericordioso
para que llorase su pecado
y se convirtiese a ti de todo corazón,
mírame y mueve mi corazón
para que vuelva a ti
y te siga fielmente durante toda mi vida.
4
Señor, que eres justo y clemente con todos los
que te invocan.
Tú conoces mi pecado y mi injusticia.
Tú sabes también mis buenos deseos.
Escucha mi oración,
y dame la gracia de volver a ti,
por una conversión y reconciliación sinceras.
5
Señor, Dios todopoderoso,
tú eres el Padre de todos.
Tú has creado a los hombres
para que vivan en tu casa
y alaben tu gloria.
Abre mi corazón para escuchar tu voz
y, pues me he apartado de ti por el pecado,
haz que vuelva a ti de todo corazón
y te reconozca como Padre,
lleno de misericordia para todos los que te invocan.
Corrígeme para que me aparte del mal
y perdona mis pecados.
Dame la alegría de tu salvación
para que, retornando junto a ti,
me alegre en el banquete de tu casa
ahora y siempre y por los siglos de los siglos
6
Señor:
sabes mis indecisiones y mis cansancios;
ahora mismo quisiera empezar y no me atrevo;
muchas veces me confieso por rutina,
pero hoy no quisiera que fuese así.
Dame la gracia
de conocerme tal como soy,
de profundizar en mis intenciones últimas,
de descubrir las raíces de mis pecados.
de arrepentirme de veras.
Haz que, de tu mano,
recorra el camino de la penitencia,
para llegar a ti, renovado sinceramente.
7
Oh Dios, que me llamas de las tinieblas a tu luz,
de la mentira a la verdad,
de la muerte a la vida;
infunde en mí tu Espíritu Santo
que abre el oído
y fortalece el corazón,
para que perciba mi vocación cristiana
y avance decididamente por el camino
que me conduce a la verdadera vida cristiana.
8
Absuélveme, Señor,
de todos mis pecados.
Concédeme el perdón de mis culpas,
para que te sirva con espíritu libre.
9
Señor, Dios nuestro,
que no te dejas vencer por las ofensas de los hombres
y te aplacas con su arrepentimiento.
Mírame, pues soy pecador,
y concédeme celebrar los sacramentos de tu misericordia.
Haz que sea capaz de corregir mi vida,
para poder gozar de las alegrías eternas.
10
Señor Dios nuestro.
Me duele haberte ofendido
y haber hecho daño a mis hermanos.
Concédeme una sincera conversión y suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
11
Señor Jesucristo.
por tu pasión y por tu cruz me has redimido
y me has dado ejemplo de paciencia y de caridad.
Me duele haberte ofendido y haber sido negligente
en tu servicio y en el de mis hermanos.
Concédeme una sincera conversión V suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
12
Señor, Espíritu Santo.
Tú nos hablas en la Iglesia
y en lo más profundo de la conciencia,
moviendo nuestros corazones a obrar el bien.
Me duele haberte ofendido
con mi desobediencia y dureza de corazón.
Concédeme una sincera conversión y suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
13
Señor Dios, tú conoces todo.
Conoces también mi sincera voluntad
de servirte mejor a ti y a mis hermanos.
Mírame y escucha mis súplicas.
Concédeme la gracia de una verdadera conversión.
Suscita en mí el espíritu de penitencia
y confirma mis propósitos.
Perdona mis pecados y sé indulgente con mis defectos.
Llena mi corazón de espíritu de confianza y generosidad.
Hazme discípulo fiel de tu Hijo
y miembro vivo de su Iglesia.
Padre misericordioso y consolador,
Tú, que dijiste: «Yo quiero la conversión del pecador
y no su muerte»,
ayúdame a escuchar tu palabra,
confesar mis pecados,
darte gracias por el perdón que me otorgas.
Ayúdame a comportarme con sinceridad
en el camino del amor,
y a crecer en Cristo a través de todos los acontecimientos.
3
Señor Jesús,
cuando Pedro negó tres veces
tú lo miraste con amor misericordioso
para que llorase su pecado
y se convirtiese a ti de todo corazón,
mírame y mueve mi corazón
para que vuelva a ti
y te siga fielmente durante toda mi vida.
4
Señor, que eres justo y clemente con todos los
que te invocan.
Tú conoces mi pecado y mi injusticia.
Tú sabes también mis buenos deseos.
Escucha mi oración,
y dame la gracia de volver a ti,
por una conversión y reconciliación sinceras.
5
Señor, Dios todopoderoso,
tú eres el Padre de todos.
Tú has creado a los hombres
para que vivan en tu casa
y alaben tu gloria.
Abre mi corazón para escuchar tu voz
y, pues me he apartado de ti por el pecado,
haz que vuelva a ti de todo corazón
y te reconozca como Padre,
lleno de misericordia para todos los que te invocan.
Corrígeme para que me aparte del mal
y perdona mis pecados.
Dame la alegría de tu salvación
para que, retornando junto a ti,
me alegre en el banquete de tu casa
ahora y siempre y por los siglos de los siglos
6
Señor:
sabes mis indecisiones y mis cansancios;
ahora mismo quisiera empezar y no me atrevo;
muchas veces me confieso por rutina,
pero hoy no quisiera que fuese así.
Dame la gracia
de conocerme tal como soy,
de profundizar en mis intenciones últimas,
de descubrir las raíces de mis pecados.
de arrepentirme de veras.
Haz que, de tu mano,
recorra el camino de la penitencia,
para llegar a ti, renovado sinceramente.
7
Oh Dios, que me llamas de las tinieblas a tu luz,
de la mentira a la verdad,
de la muerte a la vida;
infunde en mí tu Espíritu Santo
que abre el oído
y fortalece el corazón,
para que perciba mi vocación cristiana
y avance decididamente por el camino
que me conduce a la verdadera vida cristiana.
8
Absuélveme, Señor,
de todos mis pecados.
Concédeme el perdón de mis culpas,
para que te sirva con espíritu libre.
9
Señor, Dios nuestro,
que no te dejas vencer por las ofensas de los hombres
y te aplacas con su arrepentimiento.
Mírame, pues soy pecador,
y concédeme celebrar los sacramentos de tu misericordia.
Haz que sea capaz de corregir mi vida,
para poder gozar de las alegrías eternas.
10
Señor Dios nuestro.
Me duele haberte ofendido
y haber hecho daño a mis hermanos.
Concédeme una sincera conversión y suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
11
Señor Jesucristo.
por tu pasión y por tu cruz me has redimido
y me has dado ejemplo de paciencia y de caridad.
Me duele haberte ofendido y haber sido negligente
en tu servicio y en el de mis hermanos.
Concédeme una sincera conversión V suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
12
Señor, Espíritu Santo.
Tú nos hablas en la Iglesia
y en lo más profundo de la conciencia,
moviendo nuestros corazones a obrar el bien.
Me duele haberte ofendido
con mi desobediencia y dureza de corazón.
Concédeme una sincera conversión y suscita en mí
el amor a ti y al prójimo.
13
Señor Dios, tú conoces todo.
Conoces también mi sincera voluntad
de servirte mejor a ti y a mis hermanos.
Mírame y escucha mis súplicas.
Concédeme la gracia de una verdadera conversión.
Suscita en mí el espíritu de penitencia
y confirma mis propósitos.
Perdona mis pecados y sé indulgente con mis defectos.
Llena mi corazón de espíritu de confianza y generosidad.
Hazme discípulo fiel de tu Hijo
y miembro vivo de su Iglesia.
Amen
jueves, 6 de marzo de 2014
Cuaresma – Según María Valtorta – “El Evangelio tal como me ha sido revelado”
Ayer miércoles de ceniza comenzó la Cuaresma. Me preguntaban
que significaba para los católicos: “Oficialmente, la Cuaresma comienza el
Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la “Misa de la Cena del Señor” en
la tarde del Jueves Santo. La duración de cuarenta días proviene de varias
referencias bíblicas y simboliza la prueba de Jesús al vivir durante 40
días en el desierto previos a su misión pública.”
He encontrado en los libros de María Valtorta “El Evangelio
tal como me ha sido revelado” lo que Jesús vivió durante esos 40 días en el
desierto:
“Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi
izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán.
Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en
absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que
sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de
agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado
reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños
remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que
están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la
faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha resistido — quién
sabe por qué — en aquella desolación:
parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un
cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y
silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.
Apoyado en una roca que, por su forma, crea una covacha, y
sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, está Jesús.
Se resguarda así del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa
piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada
cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de
las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le
vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que
aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto
María.
Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos
apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos
unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando, levanta la
mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a
plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir
la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo,
cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo. Veo aparecer
el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos:
con cuernos, rabo, etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su
gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante,
cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para
protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo
muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos,
llenos de destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del
corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio.
Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y
fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que
en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el
alma. Este es como un doble puñal que te perfora y quema. Se acerca a
Jesús:
-¿Estás sólo?
Jesús lo mira y no responde.
-¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?.
Jesús vuelve a mirarlo y calla.
- Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin
ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y
encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré.
Jesús ya ni siquiera alza los ojos.
-¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento.
Va a haber tormenta. Ven».
Jesús aprieta las manos en muda oración.
-¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo
observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno?
Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres
reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has
venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad.
No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor,
obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que
tenemos a nuestro alrededor. Son aún más áridos que este polvo. Sólo la
serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o
despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco
más que Tú.
Satanás se ha sentado frente a Jesús, lo escudriña con su mirada tremenda y
sonríe con su boca de serpiente. Jesús
sigue callado y ora mentalmente.
Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser
maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira:
lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha
engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero
hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer
que los admiramos y seguimos su pensamiento.
Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer, Siempre se debe comenzar por
ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería
haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y
habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú…! Yo te enseño
porque un día deposité en tí mi mirada con júbilo angélico y aún me queda
un resto de aquel amor, escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera.
Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu
Eva.
Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si
no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que
nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere
reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Ésta es
como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída.
El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las
causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta
naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión
de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el
hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si
quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los
males de la Humanidad.
¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el
pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!… Su pensamiento es un perfume, su
contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad
es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia
es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga,
la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre
nuestros brazos como un ramo de flores.
Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer.
Tu vigor está exhausto Por ello, esta fragancia de la Tierra, esta flor de
la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero,
mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo
el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que
decir ”quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora
están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y
estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de
dátiles de miel?
¡Sáciate, oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la
Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.
¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír
nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni
siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu
altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las
reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo
que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame
con tu oración para que pueda….
- Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios.
El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los
puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.
- Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da
repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido. ‘Ven, entonces, y ve lo
que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer
transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son
hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo
al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego
llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas
alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se
acuerden de que Dios existe. De vez en
cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy
frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán
los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes.
-”No tientes al Señor tu Dios”, está escrito.
- Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y
el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu
divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido
de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano.
Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, Cesar, todos los
mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas
caravanas respecto a tí, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu
cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la
tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto
en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo.
Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las
castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.
¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed
que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y
me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a
este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento,
un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea,
de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me
tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus
empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!
Satanás cae de rodillas, suplicando.
Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado
en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible
aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz
es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice:
- Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios
y a Él sólo servirás”.
Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio
indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante
persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.
Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece
exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con
sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo.
Jesús abre los ojos y sonríe. No lo veo comer. Yo diría que se nutre del
aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.
El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por
los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza
mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el este, mejor dicho, hacia
el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo
queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro
delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta
Tierra.
Dice Jesús (a María Valtorta):
- Ayer estabas sin tu fuerza, que es mi voluntad; eras, por tanto, un ser
semivivo. He permitido reposar a tus miembros, te he sometido al único
ayuno que te pesa: el de mi palabra. ¡Pobre María! Has pasado el Miércoles de
Ceniza. En todo sentías el sabor de la ceniza, porque estabas sin tu
Maestro. No se me sentía, pero estaba. Esta mañana, puesto que el ansia es
recíproca, te he susurrado en tu duermevela: “Agnus Dei qui tollis peccata
mundi, dona nobis pacem” (Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
danos la paz), y te lo he hecho repetir muchas veces y muchas te lo he
repetido. Has creído que iba a hablar sobre esto. No. Primero estaba el punto
que te he mostrado y que te voy a comentar. Luego, esta noche, te ilustro
este otro.
Has visto que Satanás se presenta siempre con apariencia benévola, con aspecto
común. Si las almas están atentas y, sobre todo, en contacto espiritual
con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir
las insidias demoníacas. Pero si las almas no están atentas a lo divino,
separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora, sin la ayuda de la
oración que une a Dios y vierte su fuerza como por un canal en el corazón del
hombre, entonces difícilmente se dan cuenta de la celada, y caen en ella,
y luego es muy difícil liberarse.
Las dos vías más comunes que Satanás toma para llegar a
las almas son la sensualidad y la gula. Empieza siempre por la materia;
una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior:
primero, lo moral (el pensamiento con sus soberbias y deseos
desenfrenados); después, el espíritu, quitándole no sólo el amor — que ya no
existe cuando el hombre ha substituido el amor divino por otros amores
humanos — sino también el temor de Dios. Es entonces cuando el hombre
se abandona en cuerpo y alma a Satanás, con tal de llegar a gozar de lo
que desea, de gozar cada vez más.
Has visto cómo me he comportado Yo. Silencio y oración.
Silencio. Efectivamente, si Satanás lleva a cabo su obra de seductor y se
nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos.
Pero reaccionar: ante su presencia, con entereza; ante su seducción, con
la oración.
Es inútil discutir con Satanás. Vencería él, porque es
fuerte en su dialéctica. Sólo Dios puede vencerlo. Entonces, recurrir a
Dios, que hable por nosotros, a través de nosotros. Mostrar a Satanás ese
Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o grabados en un trozo
de madera, cuanto escritos y grabados en el corazón. Mi Nombre, mi Signo.
Rebatir a Satanás únicamente cuando insinúa que es como Dios, rebatirle
usando la palabra de Dios; no la soporta.
Luego, después de la lucha, viene la victoria, y los
ángeles sirven y defienden del odio de Satanás al vencedor; lo confortan
con los rocíos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazón
del hijo fiel, con la bendición que acaricia al espíritu.
Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanás, y fe en Dios y en su ayuda;
fe en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor. En ese caso
Satanás no puede causar ningún daño.”
En oración
Señor:
Gracias Señor por
tus bendiciones y por la Luz que envías a mi alma. Porque me ayudas a crecer para darte Gloria
Señor.
Unámonos a la procesión de Tus
Ángeles que están a Tu alrededor,
Dios mío, porque Tú eres Único en la Santa Trinidad,
y así como ellos Te alaban sin cesar y Te cantan himnos,
proclamemos, también, nosotros todas Tus maravillas
alrededor de Un Sólo Tabernáculo.
Yo amo Tu Casa, Señor mío.
Apresúrate a unirnos a todos en Tu Casa,
que Tus Ángeles y Tus Santos
sean el ejemplo para nosotros.
Aprendamos de Ellos cómo adorarte
Alrededor de un Único Tabernáculo
Dios mío, porque Tú eres Único en la Santa Trinidad,
y así como ellos Te alaban sin cesar y Te cantan himnos,
proclamemos, también, nosotros todas Tus maravillas
alrededor de Un Sólo Tabernáculo.
Yo amo Tu Casa, Señor mío.
Apresúrate a unirnos a todos en Tu Casa,
que Tus Ángeles y Tus Santos
sean el ejemplo para nosotros.
Aprendamos de Ellos cómo adorarte
Alrededor de un Único Tabernáculo
Me dices que tenga
confianza, que Tu guiarás mis pasos. Veo
que todo se ha venido cumpliendo, y que tu amor infinito nos regala día a día,
un día más para poder salvar nuestras almas, para poder entender tus llamados.
Quiero ser cada día
mejor y más agradable a tus ojos Señor. Sé bien que mis debilidades me tumban,
y que esto me aleja de Tu Bendita Presencia.
Señor no dejes que
caiga más ni que repita errores de antaño. Porque esto haría una coraza de
separación entre Tu Amor y mi alma.
Déjame vivir en Tu Corazón, para que ahí me proteja de todo lo que me
arrastra al pecado. No quiero separarme de Ti Mi Señor Jesús.
Quiero que me sigas
puliendo el alma, ara que puedas ver Tu Rostro reflejado perfectamente en mí, y
de esta manera poder ser Espejo Tuyo. Y
poder así seguir dándote Gloria por siempre.
Llena de Tu Gracia
Señor mi alma, para que sea bella y agradable a tus ojos.
Gracias por tu
infinita misericordia, por tu confianza en mí, esta pobre mujer que no tiene
nada que darte, pero que sabe que Tu amas y que embelleces con Tu Amor, Tu
Misericordia y Tu Bondad.
Gracias Bendito
Dios por llevarme entre Tus Santas Manos, por posar tus Ojos Bondadosos en mí,
por Tu infinito amor. ¡Gracias Señor!
Acaban de fallecer
varias personas a mi alrededor, algunos de ellos no les conozco, pero Tu si
Señor, y te pido por esas almas que han partido de este mundo. Señor ten piedad y misericordia de ellas, y
si están Purgando ahora, ten compasión y ayúdales a salir pronto de ese lugar. Dales
refrigerio y pronta salida. Por los méritos de tu Hijo nuestro Señor
Jesucristo. Y junto con ellos ofrezco
mis días ahora en tiempo de Cuaresma para la salvación de estas almas y de las
que Tu desees salvar del Purgatorio. ¡Gracias Señor por tu infinita
Misericordia!
Que Tu Bendita Obra
siga actuando en nosotros, que Tus Llamados sean escuchados por todos aquellos
que se encuentran lejos de ti, que Tu Infinito Amor rompa los corazones
endurecidos, que Tu Infinita Bondad salve a todos aquellos que ignorantes y
desviados por las malas influencias, te desconocen. Señor, que Tus Manos no
dejen de cobijar a la humanidad, para que por medio del Amor de Tu Divino
Espíritu, se trasforme la Faz de la Tierra.
¡Bendito y Alabado Seas por siempre
Padre Santísimo, creador de todo el universo, de los cielos y la tierra y de
todas las galaxias!
¡Bendito y Alabado Seas Señor Padre
Todopoderoso, Amorosísimo y Misericordioso!
Reina en mí, Señor por siempre.
¡Gloria a Ti por siempre Señor!
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Santísima Trinidad
miércoles, 5 de marzo de 2014
Tiempo Penitencial
El Papa Francisco centró su catequesis de la Audiencia General en La Cuaresma.
El Papa dijo que ayuda a luchar contra actitudes que "narcotizan el corazón", y a reaccionar frente a "la miseria, la pobreza, violencia o indiferencia de Dios".
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